Cristobal Gutierrez

Le dispararon y cuando estaba tendida en el suelo le quitaron al bebé de tres meses que llevaba en brazos. María Imelda Gutiérrez recordó siempre al soldado que le arrebató a su hijo José Noé y el momento terrible en el que los soldados abrieron fuego contra ella.

Tras sobrevivir a la masacre, que tuvo lugar en la quebrada de El Jute (San Francisco Morazán), la madre de José Noé emprendió la búsqueda del pequeño. Junto a ella estaba Cristóbal, el mayor de los hermanos que, en ese entonces tenía cinco años. “Yo lo recordaba de tiernito”, comenta Cristóbal en referencia a su hermano.

Cuando Pro-Búsqueda encontró a José Noé, supieron que, en un primer momento, el bebé fue a parar a manos de un coronel del Ejército. El fanatismo militar que inundaba las filas de los cuerpos de seguridad estatales era tal que ese coronel decidió regalar a José Noe a una familia salvadoreña. Les dijo que cuando creciera se volvería guerrillero y le acabaría matando. Así es como entendían la guerra los soldados.

Cristóbal recuerda el reencuentro como un momento “de alegría y tristeza”. Alegría por haberlo encontrado y tristeza porque, desgraciadamente, su madre falleció dos meses antes del reencuentro. “Hasta el último momento soñó con verlo”, recuerda con tristeza.

Fue con el reencuentro que José Noé, por su nombre adoptivo, Odir Fernández, supo que había sido adoptado. Su familia adoptiva nunca le contó su verdadera historia, en parte por las circunstancias de la guerra y la persecución a la que estaba sometida la población civil. “Pero yo les estoy agradecido, porque le educaron y criaron”, señala Cristóbal.

Como tantos miles de salvadoreños, José Noé emigró a Estados Unidos en busca de un mejor futuro laboral. Cristóbal lamenta no poder tener una relación más estrecha con él. La separación por la guerra se prolonga ahora por cuestiones económicas, sin duda, otro tipo de conflicto social.

Junio 3, 2009