Conmemoración del XXXIV Aniversario de la masacre de las Aradas.

A 34 años de la Masacre del Sumpul, aún se recuerda con mucho dolor y se continúa reclamando justicia por las víctimas que murieron masacradas. Dos horas de camino se convierten en una procesión de fe y respeto para recordarles y nunca olvidar los crímenes de lesa humanidad cometidos en esas tierras.

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Antecedentes:

Fue en 1980, en Chalatenango cuando los pobladores de diferentes cantones de los municipios de Arcatao, San José Las Flores, Ojos de Agua, y Las Vueltas huyeron de sus casas, siendo perseguidos y posteriormente rodeados en el caserío de las Aradas.  Soldados de la Fuerza Armada de El Salvador, masacraron a una cantidad que sobrepasa más de 600 personas, entre ellos familias completas, niños, mujeres y ancianos.  Los que lograron llegar al rio, fueron sorprendidos por  soldados de las Fuerzas Armadas Hondureñas  quienes buscaban impedir que los campesinos  encontraran refugio en su país. Muchas personas fueron llevadas por el caudal del río, mientras muchas otras murieron a causa de las heridas de bala, quedando sus cuerpos sin vida entre las piedras y los matorrales de la orilla. El rio se tiñó de rojo con la sangre de  muertos inocentes.

En 1980, la violencia en la sociedad salvadoreña y sus instituciones aumentó tanto que, el número de muertes ascendió considerablemente en relación con los años previos. El caserío ya no existe, ahora es sinónimo de la primera gran masacre de cientos de campesinos y campesinas indefensas, patrón que fue repetido sistemáticamente en 1981 en El Mozote, en 1982 en Los Amates y Santa Anita (masacre de la “Guinda de mayo”), en 1983 en Las Bermudas, en 1984 en el río Gualsinga y en muchos lugares más. Con la masacre de Las Aradas, las fuerzas represivas del gobierno salvadoreño dieron inicio a los operativos de “tierra arrasada”, es decir, de exterminio a la población civil, considerada base social de la guerrilla. Las cifras dan muestra de ello: un mil 982 personas fueron asesinadas en ese período de doce meses.

La barbarie cometida contra los campesinos salvadoreños indica el desaparecimiento total de familias de la cuales no se tienen registros, porque muchos –por el abandono histórico de estas comunidades, o la destrucción de instituciones como alcaldías e iglesias- no tienen registros legales.

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Foto de sobrevivientes refugiados en Honduras (1980).

La conmemoración:

Desde tempranas horas, Pro-Búsqueda junto a muchas personas, estudiantes, miembros de comunidades, organizaciones de derechos humanos y medios de comunicación; se movilizaron para realizar la larga caminata por veredas y llanos para llegar a uno de los lugares más remotos de El Salvador: Las orillas del río Sumpul, en la frontera con Honduras -donde antes existía el caserío de Las Aradas-, considerado ahora como un lugar “santo”.

Pedro Grande, testigo y sobreviviente, cuenta que a principios de los 80’s las patrullas paramilitares entraron a los caseríos, torturando, asesinando, robando y quemando las casas

Para juan Bonilla, otro sobreviviente, el recuerdo de la masacre lo castiga y lo atormenta: “Recuerdo a muchas mujeres torturadas antes del tiro de gracia, niños de pecho tirados luego de haber sido balaceados, ancianos y hombres apilados como basura. Ahora trato de mantenerme en pie y transmitirle a los jóvenes que no tenemos que olvidar esta historia”.

La conmemoración fue celebrada con la participación de puntos artísticos y culturales que reivindicaron a las víctimas, culminando con la santa eucaristía celebrada por muchos sacerdotes de la zona, entre ellos, el padre Miguelito Vásquez y el padre Rutilio Sánchez, sacerdotes que han apoyado y caminado junto a las víctimas.

Ellos recordaron que  las comunidades han estado recogiendo pequeñas donaciones, para algún día poder comprar los terrenos, donde en 1994 se construyó un pequeño monumento, además que en el año 2012, el lugar de Las Aradas ha sido declarado como Bien Cultural del País. También agradecieron a muchos de los hermanos hondureños presentes, que en esa época ayudaron solidariamente a muchos salvadoreños, ya sea dándoles refugio y alimento, o ayudando a darle sagrada sepultura a los fallecidos.

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“Ahora estamos en la recolección de firmas que permitan a las víctimas, el derecho natural de tener  acceso y la libertad a tener un monumento digno para honrar a los caídos. Hacemos el llamado para que juntos podamos hacer de esta tierra, la tierra de todos” agrego el padre Tilo Sánchez.

Al final del acto, el cierre fue dado con canticos. Todas las personas presentes se unieron en una sola voz, para gritarle al viento: “El Sumpul, Nunca Más”.

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