Construir el abrazo (Primera Parte)

Bienvenido a casa Hijo Mío”
Cartel pegado en la entrada de la casa materna de Patrick.

Por Francisco Bosch

Cuatro brazos que no pueden entrelazarse, se encuentran misteriosamente separados: Son 32 años alejados, dos idiomas diferentes, miles de ausencias, de preguntas, de miedos. Allí están parados, como queriendo abrazarse, como queriendo recuperar cada segundo perdido, como queriendo saber “¿Por qué no hicieron nada para no perderme?”. El eco de la pregunta retumba en el dolor de Patrick, en su herida, una más de las miles dejadas por el conflicto armado que desangró al país más pequeño de América en la década de 1980.

Es invierno en El Salvador, las pocas lluvias complican la cosecha de maíz. Es septiembre, un jueves 4 de septiembre esperado por más de 30 años. Han pasado 22 años de la firma de los Acuerdos de Paz que dieron por finalizada formalmente la guerra, y nadie parece querer recordar en el día a día esos “lejanos” tiempos. Un joven alto y con un español muy rústico, parece no entender del “Perdón con olvido” que impuso la amnistía. El no viene al país pidiendo la cabeza de los culpables, el desafía nuestra memoria de peces desde su propia historia: “Quiero saber quién soy, de donde vengo, quienes son mis padres”.

La historia viene de lejos: Pro-Búsqueda fue la mediación para comenzar a tender el puente; la mano del Padre Jon Cortina acarició este reencuentro, y el océano Atlántico no fue un obstáculo para unir a una familia separada por la guerra. Esta es la historia del reencuentro número 245, del abrazo que lleva más de 30 años construyéndose… y continúa en eso.

Patrick es el protagonista de esta historia, Niña María es la madre que espera el abrazo, Don Esteban es el padre caído por las balas del ejército salvadoreño en 1981. Todo parece listo: Patrick viaja desde la Francia que lo vio crecer, un contexto que nunca lo hizo sentirse completamente cómodo. Él se sabía diferente, ese ruidito lo acompañó, le gritó por dentro, lo sacó de sí mismo y el análisis voluntario de ADN marcó el retorno “a casa”, a las raíces. Era tiempo de rearmar el rompecabezas de su historia, un avión lo ayudó a saltar “el charco” y conocer la tierra que lo vio nacer. Todo era nuevo, lo deseado no sería una historia “soñada de Hollywood”.

La toma I de esta historia se desarrolla por la mañana del 4 de septiembre en un cantón de Suchitoto, en una casa sencilla de adobe, donde varios hermanos, sobrinos y una madre esperan la llegada del bebé que perdieron de vista hace 32 años. Una madre que sólo tuvo a su hijo seis horas en brazos, espera poder “chinear” a un gigante de un metro noventa, que quiere conocer sus raíces. Él llega, se miran, la madre se le avalancha encima, lo toma como puede con sus dos brazos, llora. Él no responde ante el grito en español de su madre. Los segundos se hacen eternos. Por un momento pareciera que Patrick chinea a su madre, la cual le grita “¿Me perdonas hijo?”. La traductora hace entendible el sollozo y él responde: “No hay nada que perdonar”.

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Los pocos testigos del momento, desaparecemos del lugar como sabiendo que el abrazo no se dio automáticamente, debe construirse con platica, con miradas, con confrontación, con fotos viejas, con anécdotas, con preguntas, con enojos, con dudas, con reproches, con dolores. Y allí están, en una pequeña ronda sentados, juntando las piezas del rompecabezas: Patrick se entera que tiene diez hermanos (dos ya fallecidos), que nació en una cueva del Cantón Tenango un 23 de agosto de 1981 y que habían soñado llamarlo Baltasar. También supo de boca de su madre, quien repitió hasta el cansancio que: “fuiste arrebatado de mis brazos, yo no te regalé”. Demasiado dolor para poder abrazarlo…

Patrick detiene la avalancha de verdades, se para, busca la soledad, arma un cigarro, mira el cielo. Se calma y vuelve para platicar a solas con su mamá María Corina: casi dos horas de sagrado encuentro, solo mediado por la traductora. Algunos hermanos pasaban y aportaban. Algo comenzaba a tejerse, en medio del caos doloroso de la historia arrasada: El abrazo empezaba a ser posible, no sin dolor, pero con la segura piedra de la verdad, del conocer la propia historia. Al final Patrick pidió sacarse una foto con todos sus hermanos para aprender sus nombres y dijo: “Siempre lo tuve todo, pero no sabía porque no era feliz. Ahora voy entendiendo”.

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October 4, 2014