“El reencuentro es como después de un parto”

Magaly Thomas 1999

“Hija, hace aproximadamente 16 años sucedió una tragedia debido a una guerra civil que había en mi país, El Salvador. Cuando esto sucedió, tú tenías once meses…tu madre y yo te cuidábamos mucho, desde ese día, 6 de noviembre de 1981, hemos sufrido mucho por esta tragedia…era de madrugada y la casa donde estábamos la rodeó el ejército y gritaban salgan mujeres, ustedes son las mujeres de estos guerrilleros. Vi a mi esposa sacarte de una hamaca y salir sin decirme nada. También, otra madre tomó a sus hijos. Alfredo y yo permanecimos dentro de la casa. Recuerdo que pasaron como cinco minutos: con Alfredo decíamos que se nos llegó el día, nunca creí que iba a salir de allí con vida. Salí, vi por última vez a mi esposa…todo era muy difícil, escuché muchos disparos sobre mi, corrí, caí al suelo, me levanté, encontré a otro grupo de soldados que me hirieron la nariz…”

(Fragmento de una carta del padre a su hija Magaly)

Adoptar a una niña es una misión muy importante. Nos la dan para quererla, educarla y darle todo un caudal afectivo, intelectual y cultural. A todo esto me comprometí cuando, hace 18 años, tomé la decisión, como madre soltera, de adoptar una niña.

Tres fechas nunca podrán borrarse de mi memoria: el 28 de noviembre de 1981, el 3 de junio de 1998 y el 27 de junio de 1999. La primera, el inicio de una nueva vida con mi hija adoptiva, Magaly, que aparentemente había perdido a su familia.

La segunda, 17 años después de la adopción, nos marcaba emocionalmente por el anuncio del descubrimiento de la familia biológica de mi hija al otro extremo del planeta. Ese 3 de junio de 1998, a través de una llamada telefónica, Pro-Búsqueda nos informaba que la familia de Magaly estaba viva y buscaba tener contacto con ella. La tercera, la más emocionante y viva, el reencuentro de dos familias, una salvadoreña y una belga.

¿Cómo era posible todo esto? Hacía 17 años que había adoptado a Magaly de forma legal, fotos de ella fueron publicadas en un periódico salvadoreño para asegurarnos de que ella ya no tenía familia y que estaba en estado de abandono. Sus padres parecían haber sido asesinados durante operaciones militares en una zona de conflicto.

Pro-Búsqueda, de quienes no conocíamos nada, nos preguntaba si aceptábamos entrar en contacto con la familia biológica de mi hija y hacer una prueba de sangre (ADN).
Preguntas y dudas pasaban por nuestras mentes: ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones de cada uno? ¿Qué riesgo eventual traería para mi hija el reencuentro? ¿Por qué tantos años después? A partir de entonces, empezó la preparación discusión y reflexión. Magaly tenía que poner orden sus ideas y sentimientos, para instalar, en el fondo de sí, paz y serenidad.

Desde pequeña, mi hija siempre supo que fue adoptada y que sus padres habían asesinados. En efecto, la transparencia y la verdad son indispensables. En ningún momento me sentí con el derecho de ocultarle la verdad.

La comunicación (por medio de cartas) empezó con la familia a través de Pro-Búsqueda. A medida que avanzábamos, sentíamos que lazos invisibles pero reales creaban, se profundizaban a lo largo de 1998.

Para la Navidad (de 1998), mi hija tomó la iniciativa de llamar por teléfono, por primea vez, a su padre. Creo que para los dos, esa noche se quedará grabada para siempre en sus mentes y en sus corazones.

A medida que el reencuentro se acercaba, cierto nerviosismo se instalaba, sobre todo en mi hija. Su padre que vive ahora en los Estados Unidos iba a llegar a El Salvador para el reencuentro familiar. ¿Cómo iba a reaccionar él?, se preguntaba Magaly. “Deja hablar tu corazón, él te dictará tu actitud. Deja llevarte por los acontecimientos, no los razones, simplemente vive estos momentos de la mejor manera posible”, eran los únicos consejos que le daba.

Ella lo hizo. El hoyo negro que exista al principio de su vida desapareció. Ella ahora conoce lo suficiente como para estar en paz consigo misma. Sabe de dónde viene y quién es. Ella conoce su país, donde se siente bien como en su casa. Pero también se siente bien en su casa, en Bélgica. Diecisiete años han pasado en otro país, en otro continente, con otra cultura, otra familia, y no pueden borrarse de un solo trazo. No hay ninguna vergüenza en reconocer esto. Magaly es simplemente más rica ahora que tiene dos culturas y dos familias.

Ella se encontró por fin y puso la última pieza del rompecabezas que faltaba en su vida. Los lazos que se tejieron van a mantenerse y seguro a intensificarse.

Por mi parte, jamás sentí temor de encontrar a la familia biológica, mi objetivo era que mi hija viviera lo mejor posible este reencuentro. Las familias adoptivas no tiene que temer el reencuentro con las familias biológicas, que tienen las mismas preocupaciones que nosotros: su hijo.

Ahora que el reencuentro ocurrió, nos sentimos más fuertes, más ricas moralmente, de manera humana y culturalmente también. Hemos descubierto una familia humilde, pero muy acogedora y feliz de tener en sus brazos a su hija.

Con el reencuentro, hemos podido conocer El Salvador, conocer el pueblo natal de Magaly, ver los lugares que frecuentaba su familia, escuchar las historias familiares. Todas esas cosas pequeñas que construyen toda una vida.

Esto parece demasiado bello, sin ninguna falla para ser verdadero. Tanto así que me siento realmente, sin duda, como después de un parto, como una madre que olvida todo su sufrimiento cuando tiene a su bebé en los brazos.

July 20, 2009

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