Salvador García

En 1981, Salvador García fue papá de nuevo. El bebé había venido al mundo en un momento muy difícil. Los combates se recrudecían en todo El Salvador y el Ejército presionaba cada vez más a la población para que no ayudara a la guerrilla.

El hostigamiento era tal que muchos hombres decidieron pasarse al lado insurgente, luchando en las filas del FMLN. Uno de ellos, era Salvador. Mientras él vivía “enmontañado”, su mujer dio a luz al pequeño Manuel. A finales del mes de octubre de 1981, el Ejército salvadoreño lanzó un cruel operativo sobre la zona de San Agustín, en el departamento de Usulután, conocido como la masacre de La Quesera. De esa forma, la Fuerza Armada respondía a la voladura del Puente de Oro a manos de los guerrilleros realizada pocos días antes en esa zona.

El resultado fueron cerca de 500 personas muertas de las comunidades de San Agustín y Jiquilisco y cientos de violaciones a mujeres, actos de tortura y ejecuciones arbitrarias masivas contra la población masiva. Cuando Salvador pudo regresar a su casa, encontró el cadáver de su mujer, que aún sostenía al bebé en sus brazos. Milagrosamente, el niño sobrevivió a la matanza. Con sólo 40 días de vida, el niño había sido testigo del asesinato de su madre. Dada su condición de guerrillero, Salvador no se podía hacer cargo del cuidado de su hijo.

“Busqué gente para que lo cuidaran, pero no fue posible”, explica. Finalmente, recurrió a unos amigos suyos que vivían en San Agustín. “Les pedí el favor de que llevaran al bebé al Hogar del Niño, en San Salvador”, recuerda. Pero el matrimonio le propuso cuidar al niño, a pesar del temor de Salvador de que pudieran sufrir algún tipo de represalia política. Salvador y sus amigos acordaron que siempre que él pasara cerca de la zona, podría pasar a visitarlo. De este modo, Salvador pasó a ser el “padrino” de su hijo, una figura paternal que le traía regalos de vez en cuando.

Salvador no se desmovilizó hasta seis años después. Había pasado mucho tiempo y no sabían como decirle quien era su verdadero padre biológico. Durante todos esos años, Manuel había oído decir que su “padrino” era en realidad su padre, pero nunca lo tomó en serio. Cuando Manuel acabó el bachillerato y ya era lo suficientemente maduro, su familia adoptiva acordó con Salvador desvelarle su verdadera identidad. Sin embargo, el reencuentro fue posible gracias a Pro-Búsqueda.

Los investigadores de la asociación sabían que Manuel no era el hijo biológico de esa familia y brindaron apoyo psicológico tanto a Salvador, como a Manuel y su familia adoptiva. Tras reestablecerse su identidad, Salvador y Manuel iniciaron una relación cordial de acercamiento. “Antes de irse a trabajar a Estados Unidos, pasó 22 días conmigo”, destaca Salvador .

La vida de Salvador y Manuel estuvo marcada irremediablemente por la guerra. La separación forzada y el desarraigo familiar a causa de la violencia fueron una constante durante el conflicto armado salvadoreño. Salvador no sólo se vio obligado a separarse de su hijo sino que también ha tenido que buscar desesperadamente a su nieta, fruto de una relación adolescente de otro hijo que murió en combate y a quien no pudo ubicar hasta 18 años después.

“Al Estado le reclamo una reparación moral y material para las víctimas, para que sea cierto que va a haber paz”, reflexiona.

July 16, 2009